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Los campos y la filosofía: las nuevas tareas del pensamiento filosófico. I-II

Publié le 26 Mai 2006 par Bruno Guitton in Philosophie

 

 

Los campos y la filosofía: las nuevas tareas del pensamiento filosófico.

 

 

 

 

 

 

Hubo muchos silencios después del genocidio sobre el genocidio.Uno de los más sorprendentes, si exceptuamos algunas obras capitales como la de Hannah Arendt (1), fue el de la filosofía. ¿Cómo entender que la disciplina del análisis y de la reflexión crítica por excelencia haya quedado al margen del trabajo necesario de la memoria y, lo que es aún más grave, de la experiencia analítica de las enseñanzas y de los cuestionamientos sobre lo que ocurrió? ¿Cómo explicarlo y sobre todo, cómo pensar las posibilidades filosóficas que abren o permiten el pensamiento del fenómeno de los campos de concentración y de la realización concreta de la política del exterminio?

 

 

Veo sintéticamente cinco razones fundamentales en esta insuficiencia de la filosofía relacionada con el tema general de los campos.

 

 

                                                                  1-Como el trabajo de los historiadores necesitó cierto tiempo, empezó tarde y, de hecho, no ha concluído aún , la filosofía no dispuso de los elementos sistematizados, ni tampoco de la distancia necesaria para la formación de una mirada crítica y objetiva sobre el tema.

 

 

                                                                  2- Después de la segunda guerra mundial, el prestigio adquirido por la U.R.S.S., gran triunfadora en la lucha contra el fascismo, convocó a los pensadores a una celebración de la teoría marxista de la emancipación, que interpretaba el nacional-socialismo como un avatar más del capitalismo. En otras palabras, no se vio la singularidad del acontecimiento porque la actitud de aquella época consistió en aprovechar una oportunidad imperdible de criticar y denunciar, mediante el discurso filosófico, aquello que había jugado un papel esencial en el nacional-socialismo, es decir, el capitalismo militante y sus contradicciones.

 

 

3-Después de despertar del sueño político del marxismo  y de sus experiencias en el mundo, el genocidio y el holocausto fueron interpretados como la realización más absoluta de aquello que el sicoanálisis había formulado desde  comienzos de siglo: la victoria de Thanatos sobre Eros. En Europa por ejemplo, se estaba viviendo una crisis política (Francia, mayo de 1968), y en ese marco reivindicar la liberación del Eros contra todo lo que lo oprimía constituía el lema mismo de la modernidad. ¿Y dónde más que en Auschwitz la humanidad había podido verificar la dictadura del Thanatos, que tenía a su servicio la maquinaria perversa del estado?                             

 

 

                        4- Pero, más allá de estas razones generadas por la historia misma del entorno de la filosofía, existen cuestiones metodológicas, tal vez más importantes. El filósofo no estaba preparado para estudiar un fenómeno que requería un acercamiento a los procedimientos de la ciencia histórica. Leer a historiadores como Poliakov(2) o Hilberg(3), precisar los detalles de una organización que fue creando centros de decisión, pensar la totalidad de las estructuras de un estado, las especificidades locales de la aplicación de Wahnsee(4), la colaboración de la ciencia nazi con el régimen, las múltiples vivencias de las víctimas, etc... resultaba un trabajo demasiado ambicioso y considerado inútil porque, después de todo, de eso se habían encargado los historiadores...Además, entender exigía recurrir a los testimonios o escritos de gente común como  Philip Muller(5), Rudolf Vrba (6), Joseph Rovan(7) que no se habían propuesto otra cosa que no fuera decir lo que habían visto, un material que no es considerado generalmente como fuente válida del pensamiento filosófico. La literatura propia de los campos de concentración, un concepto muy reciente, no era entonces reconocida como literatura. A esto se sumaba otro problema: ¿ qué hacer con Wiesel(8), Semprun(9), Antelme(10), Rousset(11), Levi(12), etc... sobre todo cuando los filósofos se inscriben en una tradición de pensamiento que integra a sus propios autores, que suelen comentarse entre sí, discutir unos con otros, citarse y, de este modo, autoproducirse?

 

 

                                                                       5- A lo largo de los últimos veinte años se fue anunciando el fin de las ideologías. Ya nadie parecía creer en los grandes sistemas conceptuales de la filosofía política. Pero, curiosamente, esta tendencia correspondía a una reafirmación de las semejanzas entre el nacional-socialismo y el comunismo. Al homologar a todos los movimientos totalitarios, el nazismo perdía su identidad, y de ese modo, el Goulag o el exterminio solían decir lo mismo.

 

 

 

 

Pero si estos obstáculos impidieron que durante muchos años el fenómeno de los campos de concentración y el exterminio de millones de personas fueran analizados tal como ocurrieron, quizás tengamos ahora, gracias a la distancia y a esa inmensa bibliografía con la que contamos, la oportunidad de intentar hacerlo. La problemática que se nos presenta entonces consiste en saber si podemos o no pensar Auschwitz a partir de la búsqueda de su realidad o si vamos a dejar la reflexión, una vez más, en manos de los sistemas de pensamiento sicológico, sociológico, o de la filosofía política del totalitarismo.

 

 

 

 

 

 

Me parece que, para intentar comprender lo que Auschwitz representa, es necesario confrontar la filosofía y la historia a partir, tal vez, de un nuevo método que  integre los documentos y los trabajos de los historiadores como verdaderos fundamentos de la meditación sobre la shoah y más generalmente sobre el exterminio. Nos detendremos más adelante en este punto, y esto nos obligará a pensar el concepto de industria de la muerte, en su terrorífica realidad.

 

 

La segunda parte de esta presentación nos llevará a repensar el papel del idioma como  anclaje o expresión de una nueva relación entre el significante y el significado. Tres rasgos caracterizan esta nueva función: la imposibilidad de calificar o la destrucción de los recursos linguísticos en el momento de la llegada al campo, la reducción del lenguaje a su función más primitiva (como lo es el expresar meramente las necesidades básicas), y, finalmente, la violencia propia de la ideología:  el léxico del insulto como la incorporación de la señal del maestro. El lenguaje de los campos sigue un proceso que va de la destrucción a la simplificación y a la desvalorización del ser humano. No hay un ejemplo más claro de una lengua que reafirma su poder de adaptación al entorno. En definitiva, veremos que en la lengua del campo se confirman bien los tres objetivos de este último: experimentar la desaparición de la propia lengua, renacer en el empobrecimiento de una vida arruinada y perderse en la dominación del lenguaje de los verdugos que instala en  el decir la intención que anima la industria de la muerte.

 

 

La tercera parte nos enfrentará con el nuevo problema antropólogico del mal. Ya no como perversión, es decir desviación de lo que se concibe como posible a partir de la pura negación del bien o de los buenos comportamientos, sino como nueva violencia, lo cual supone la supresión de su sentido traditional y abre una  dimensión original de la monstruosidad.

 

 

 

 

 

 

I-El acercamiento a los documentos o pensar filosóficamente el concepto de industria de la muerte.

 

 

1-Las tres fases de la comprensión de los documentos: el trabajo histórico, la perspectiva generalizada, el pensamiento teórico.

 

 

Para empezar, es preciso preguntarnos cuál podría ser la relación novedosa de la filosofía con la ciencia histórica para pensar Auschwitz. Es indiscutible que la filosofía ha usado las fuentes históricas, pero sólo en el marco de proyectos de integración de estos elementos en teorías o concepciones del mundo. Si intentamos describir ese proceso, podríamos distinguir tres étapas. Primero, hubo que tomar conciencia de la forma y del contenido de la documentación histórica. Luego, se operó el proceso de generalización. Los estereotipos históricos (guetos, transporte, selección, cámaras de gas, incineración) se correspondían con una construcción intelectual  creando conceptos específicos: política del totalitarismo, consecuencia de la teoría del superhombre, reinado de las masas, derecho natural de los fuertes, etc... Pero, desgraciadamente, la filosofía, que se mueve en el marco de lo universal, no se detuvo allí. Y en la tercera fase Auschwitz se volvió, dentro de esta reflexión una ilustración, un ejemplo de una teoría del poder absoluto, de la dominación técnica de la razón occidental, del capitalismo militante criticado y pensado desde una óptica marxista, de la victoria de las pulsiones de la muerte sobre las de la vida, del idioma vaciado de su sentido por la omnipresencia de la burocracia, de la trivialidad del mal ordinario, etc...

 

 

Pero las fases II y III no tuvieron en cuenta la relación estrecha, íntima con la realidad. “Auschwitz como...” excluye lo real de Auschwitz, despojándolo de su propia singularidad. Este Auschwitz que es la pura respuesta a la pregunta, ¿en verdad, qué ocurrió? desaparece, y se convierte en una mera idea de un sistema de pensamiento que lo desborda y lo sobrepasa totalmente.

 

 

¿ Qué actitud tendría que adoptar la filosofía en este caso si se propone realmente reflexionar y analizar la documentación ordenada por el historiador? Detengámonos un momento en la organización de la topología de Auschwitz, y más específicamente en las  herramientas que posibilitaron la acción de los gases asfixiantes y la cremación de los cadáveres.

 

 

2-Los planes de la Zentralbauleitung der Waffen S.S

 

 

En el museo de Auschwitz se encuentran los planos de los crematorios realizados por la Zentralbauleitung der Waffen S.S und Polizei, Auschwitz, OS ( Dirección central de las construcciones de la Waffen SS y de la Policía de Auschwitz, Alta Silesia). Cuando este servicio preveía una nueva construcción en el campo, se realizaba concienzudamente el dibujo del proyecto, la estimación de los materiales así como el presupuesto estimado, las licitaciones a las empresas regionales para los dominios profesionales del drenaje, del aislamiento, de la excavación, del armado, etc... A su vez, las empresas contratadas dibujaban sus propios planos, calculaban las horas de trabajo que necesitarían los “obreros”, el avance de la obra, los defectos producidos por las inclemencias del tiempo, la debilidad o la incompetencia de los esclavos, etc...datos, todos estos, que precisaban a la Bauleitung en cartas que esta respondía oficialmente. Y pagaba el trabajo y hasta tomaba fotos para informar en Berlin el avance de los distintos trabajos. En otras palabras, todo este complejo fue construido como si se tratara de una fábrica grande a partir de planos y de un mercado que ella misma había generado. Con respecto a este tema, los historiadores disponen de cincuenta mil piezas escritas y tres mil planos o bosquejos clasificados y almacenados en el museo de Auschwitz(13).

 

 

Pero, tener en cuenta la existencia de todos estos documentos, ¿nos permite avanzar directamente a la fase de la elaboración de una teoría universal y abstracta?

 

 

 

 

3-Los peligros de la construción conceptual abstracta.

 

 

Retomando estas informaciones, la filosofía podría proponer una vez más una interpretación abstracta y universal. Podríamos por ejemplo pensar en una definición del estado totalitario como simple instrumento para la realización de una racionalidad técnica puramente formal. En todas estas instalaciones no habría sino indicaciones de la victoria de lo que Kant denominaba el imperativo hypotético ( fórmula que convoca con eficacia los medios al servicio de un fin) por sobre el imperativo categórico (fórmula no condicionada del deber moral)(14). En esta hermeneutica, se pierde toda la singularidad del trabajo de la Bauleitung, de sus intercambios con sus asociados, con el organigrama de la SS y sobre todo con los seres humanos esclavos de esta organización. Además, el exterminio se vuelve, en este caso, un fenómeno análogo al de los demás genocidios de la historia que usaron  herramientas más rudimentarias aunque también priorizaron la eficacia, cada uno en función de su época y de su geografía. Semejante método de interpretación llega a un resultado erróneo, falla porque no reflexiona sobre el fenómeno en sí, por sí mismo, y a partir de su existencia singular.

 

 

¿Entonces, cuál será el concepto que permita pensar exitosamente este proyecto de reconciliar a la historia y a la filosofía?

 

 

4-La industria de la muerte se deduce filosóficamente de los documentos históricos.

 

 

Y esto es así en la medida en que, visiblemente, estos documentos revelan el funcionamiento de un mercado, el de una demanda de servicios y de una oferta de realización con compradores y vendedores cuya finalidad da al complejo la forma de una fábrica siniestra cuyo objeto de producción consiste en la muerte de millones de seres humanos. Los documentos reflejan igualmente una visión nazi de la arquitectura, es decir, de un modo de ordenar el espacio. Este está por completo  orientado hacia la mecanización de los medios de matanza, a las reglas pragmáticas de la eficacia del asesinato. El espacio no es fruto de la imaginación como lo daba a entender Alain Resnais en su película “Noche y Niebla”(15) cuando ofrecía al espectador las diferentes formas estéticas de las torres de los campos. El espacio tenía que responder a exigencias unificadas en una exigencia mayor: matar en serie, realizar una verdadera empresa, una fábrica gigantesca que haga desaparecer a todos los judíos, gitanos, eslavos, opositores, etc...Si consideramos los crematorios II y III en Auschwitz por ejemplo, de modelo idéntico, hay que señalar que tenían cada uno una sala de cremación con cinco hornos y un subsuelo donde había otra sala para quitarse la ropa, desnudarse y una cámara de gas de 210 m2. Un ascensor llevaba los cadáveres del subsuelo a la sala de hornos de la planta baja. La ventilación de las piezas principales se hacía automáticamente. En otras palabras, cada documento archivado nos demuestra que se puede concebir el campo como un conjunto de piezas que se articulan perfectamente con miras a lograr satisfactoriamente la matanza.

 

 

Pero la existencia de una arquitectura de la muerte no solo queda evidenciada por una ocupación del espacio marcada por el criterio del rendimiento. Se verifica también en el hecho de que no pierde nunca de vista su finalidad: más allá de sus cambios, esta industria nunca dejó de estar al servicio del exterminio. Cuando el horno del crematorio IV quedó fuera de servicio por un lapso de dos meses (mayo-junio de 1944), el número de cadáveres resultó excesivo para el crematorio V y por ello se decidió cavar cinco pequeñas fosas comunes a cielo abierto en el patio norte del crematorio V. Estamos ante una capacidad ingeniosa y mórbida de adaptar la estructura a las distintas eventualidades que se pudieran presentar. De este modo, la  maquinaria industrial de la muerte tuvo que cambiar, mejorarse, inventar y solucionar sus problemas para seguir funcionando como tal y mantenerse fiel a su esencia.

 

 

En otras palabras, resulta claro que el concepto de industria aplicado a los campos de exterminio se puede deducir de los mismos documentos. La misma definición de industria señala que se trata de un conjunto de actividades económicas que producen bienes materiales por la transformación de materias primas. El nazismo respetó la idea general de la definición pero introdujo su lógica propia y terrible cambiando los objetos de esta industria. Los judíos y los untermenschen en general fueron materia prima de un sistema organizador del espacio y de técnicas cuya obsesión fue la muerte. Podemos identificar dos fases. La primera consistió en la destrucción de los seres humanos;  se trató de eliminar el ser  y producir “la nada”. Pero con lo que quedaba de la nada, la industria encontró el medio de transformar esta última materia del hombre para confeccionar objetos. Pienso, claro, en ese intento loco y perverso que es  hacer jabón con grasa humana como fue el caso en el campo del stutthof(16), dispersar las cenizas para ser usadas como fertilizante, o “aprovecharse” el pelo para fabricar cuerdas o colchones, etc... Lo confirma una carta del Brigadeführer de la Waffen SS Glucks del 6 de agosto de 1942  en la que da la orden de conservar el pelo cortado de los deportados. En otra carta,  de Pohl, jefe del Oficio Central SS para la Economía y la Administración (W.V.H.A), a Himmler con fecha del 6 de febrero de 1943, se informa que 781 vagones  fueron enviados desde los campos, 245 cargados con ropa y 1 de ellos con 3 toneladas de pelo de mujer. Estos documentos fueron presentados ante el tribunal de Nuremberg. Y permiten ver claramente que la industria de la muerte no solo fue una maquinaria para eliminar, destruir, sino que intentó verdaderamente  producir y recuperar.

 

 

Pero el sistema del campo de concentración y de exterminio persiguió también el objetivo de despojar al sujeto de la experiencia de su propia muerte. La muerte, en tanto fenómeno natural, fisiológico, tiene el carácter de lo universal. Pero con respecto a mí, sus posibilidades de aparición me resultan múltiples. Ser humano es, de hecho,  considerar desde el yo su propia muerte, no en el anonimato de una especie sino en mi propia existencia, desde mi propia perspectiva, y en gran medida bajo mi responsabilidad. Desde luego, no se puede negar que la casualidad es inevitable.¿Cómo va a surgir la muerte? Nadie lo sabe. Sin embargo, esta casualidad es mía porque tendrá que ser diferente de la de otro sujeto que la pensará, a su vez, dentro de su propia existencia y desde su propio punto de vista. Por otra parte, lo que yo haya hecho en mi vida estará muy probablemente en relación con su llegada (mi manera de tratar mi cuerpo, por ejemplo) . Por consiguiente, la muerte constituye otra manifestación de mi singularidad como sujeto que se define desde su yo. Sin embargo, esta industria macabra ha uniformizado la muerte, haciendo de la desaparición del parásito, del judío, o del untermensch, una copia, un ejemplar más de una muerte en serie que tiene valor de modelo. Una cadena de producción fabrica objetos idénticos cuya semejanza impide investigar y percibir su singularidad. En los campos, al  quitarle al sujeto la singularidad de su propia muerte, se le ha quitado la esencia, aquello que lo define, que hace de él una persona particular autoreferencial.

 

 

Pero, más allá de este comentario acerca de la subjetividad de la muerte, anulada por la organización implacable y las condiciones de vida en el campo, ¿qué alcance tiene el concepto de industria de la muerte si lo pensamos en la óptica de la ideología?

 

 

5-Fecundidad del concepto de industria de la muerte: recurrir nuevamente a  la ideología.

 

 

 Si partimos de los documentos, vemos hasta qué punto el concepto de ideología resulta ineludible. En efecto, no fue sino la ideología quien desvirtuó los fines normales de  la industria y la transformó en un sistema de destrucción del otro a gran escala. Al introducir la dimensión ideológica a partir de la descripción de la industria de la muerte, y no al revés, se aclaran muchos de los rasgos que la definen como su lógica o su obsesión por la eliminación. Ello nos permite, a su vez, volver mejor preparados sobre  ciertos discursos. Retomemos, por ejemplo, el del 30 de enero de 1939, cuando Adolf Hitler se dirige al Reichtag : “¡Hoy seré una vez más un profeta! Si los financieros judíos internacionales de dentro y fuera de Europa vuelven a llevar a las naciones a una guerra mundial, el resultado no será el triunfo del bolchevismo en el mundo y con ello el triunfo del judaísmo, sino la aniquilación total de la raza judía en Europa". Este discurso fue un claro anuncio de lo que iba a pasar; pero nadie lo entendió como tal. A pesar de todo, para aniquilar, es decir, matar en serie para cumplir con las finalidades anunciadas por el líder, había que construir un projecto inmenso que excluyera la matanza espontánea y desorganizada. Había que acabar con el trabajo de los Einsatzgruppen por ejemplo. Pero tratemos de imaginar los sentidos de este mismo discurso en 1939 y en 1942... A partir de Wansee, “la aniquilación total de la raza judía en Europa” busca los medios más eficaces de realización y pone en marcha las cámaras de gas. Las palabras no fueron nunca metafóricas. El campo de extreminio constituye sin ninguna duda la proyección en el espacio y en el tiempo de esa ideología. Y es importante relacionar la maquinaria de la muerte con la ideología nazi para evitar el vacío de los análisis que se negaron a ver la dimensión política del fenómeno, haciéndonos creer que la historia de los campos y del extermino era una cuestión de racionalidad puramente formal (pensemos en Heidegger, por ejemplo). Tales análisis anulan el problema de la responsabilidad y culpabilidad de cierto modo de pensar y sobre todo de quienes lo adoptaron y lo pusieron “en práctica”. 

 

 

Ese es pues el fundamento ideológico de la matanza industrial.

 

 

 

 

Pero esta nueva metodología permitiría también pensar otra cuestión del universo de los campos de concentración: el problema  del lenguaje.

 

 

 

 

II-La filosofía y la cuestión del lenguaje en los campos.

 

 

1-Los límites del idioma: la conciencia de las debilidades del lenguaje.

 

 

Hay que hacer hincapié en un obstáculo importante en  la reflexión del uso de la lengua en la industria de la muerte. De manera dramática, la revelación de los campos es para la escucha del testimonio la prueba de los límites de la lengua. El signo saussuriano no puede ayudarnos. Primo Lévi lo señala  sutilmente en su libro Si esto es un hombre(17), “tener frío”, “hambre”, “sueño”, “los pies hinchados” remiten a significados que no podemos entender en la práctica común del idioma.”Aquello que llamamos hambre, nos dice, no corresponde para nada a la sensación que podemos tener cuando salteamos una comida. De igual modo, nuestra manera de tener frío merecería un nombre particular. Decimos “hambre”, decimos “cansancio”, “miedo”, y “dolor”, decimos “invierno” y al decir esto estamos diciendo otras cosas, cosas que no pueden expresar las palabras libres, que han sido creadas por y para hombres libres que viven en su casa y conocen la alegría y la tristeza”. Nosotros, los lectores de los escritores de la shoah,  encontramos frases radicalmente simples pero fundamentalmente desconcertantes. Los sobrevivientes  dijeron que olían el olor de la carne humana incinerada. Pero, ¿qué puede evocar eso en nosotros? Ha habido accidentes de tránsito donde, desgraciadamente, las víctimas murieron quemadas también. Sin embargo, “oler” en esas circunstancias no podrá nunca significar lo mismo que oler carne humana incinerada, cuando la persona ha muerto en una cámara de gas, después de haber sido llevada en tren de ganado hasta el centro de exterminio, maltratada a golpes,  privada de agua y de comida en el gueto. Si la filosofía es la policía del idioma, es decir, allí  donde cada palabra debe recobrar, gracias al análisis, su sentido, ello supone  que su rol sería el de fijar la norma y determinar lo que ella habrá de evaluar. Pues nada puede estar por encima de una realidad si esta realidad escapa a las palabras que quieren comunicárnosla. El lenguaje del campo, que  dice y que cuenta, es un idioma para iniciados, para los que ya saben, utilizable sólo para los que saben y que interpela a los que ya saben. Pero el que viene de afuera no puede disponer del material para  descifrarlo. ¿Cómo entrar dentro de este universo si la comprensión supone, tal como lo señala la etimología de la palabra,  lo que el otro comparte conmigo, el sentido común para los dos? La filosofía se ve pues obligada a  empezar este largo trabajo de creación de un espacio de comprensión a partir de un lenguaje común, común para los que saben: el lenguaje de los testigos.

 

 

¿Podríamos considerar  el testimonio como género literario definido como relato de vida o narración?

 

 

2-El peligro de la literatura

 

 

Hay un peligro: hacer literatura sobre la literatura. Interpretar los libros con la ayuda de las técnicas del análisis literario es comentar una obra y no es pensar lo que ocurrió. Desde luego, Levi es un gran escritor que tiene un estilo muy puro, muy directo, preciso que rehuye de los instrumentos de la retórica. Por otro lado, Semprun, en Buchenwald, usa estas construciones que nos hacen volver al pasado pero siempre a partir de enfoques diferentes. Su obra es testimonio pero es también una reflexión sobre la constitución de la memoria individual a partir de un juego de perspectivas sobre los hechos. Podríamos mencionar muchos otros ejemplos. Pero esa es justamente  la trampa donde la filosofía no tiene que caer. Lo que importa es concentrarse en  lo que dicen los autores y más humildemente los testigos de aquella realidad, y volver al uso del lenguaje como vector de una posible significación. ¿Qué se dijo en Treblinka, Auschwitz, Sobibor, Maïdanek, Chelmo, Belzec o en los campos de concentración? ¿Qué dijeron las víctimas, los verdugos, los kapos, o los documentos ligados a la industria de la muerte? De nuevo: no me interesan las figuras de la retórica que emplearon. Hay que adoptar aquí también la misma actitud: tratar de acercarse a lo que pasó. ¿Qué significación (o ausencia de significación) se intentó fijar y en qué medida me permite conocer un poco mejor esa realidad dramática y, tal vez, aquello que puede o no comunicar el idioma en este tipo de situaciones extremas? En esta rama de la experiencia de los campos, la posibilidad de  verificación del concepto de industria de la muerte en el uso del lenguaje tiene que ser objeto de análisis. Para  terminar, sería interesante preguntarse, desde otra perspectiva, si la filosofía puede pensar algo nuevo con respecto al tema del lenguaje cuando decide analizar su funcionamiento en el universo del campo de concentración.

 

 

3) La destrucción es también destrucción del lenguaje

 

 

En primer lugar, la industria de la muerte en toda su organización y en el proceso al que eran sometidos los deportados tenía como primera consecuencia la de destruir la capacidad de un idioma de decir o más simplemente de describir. El primer efecto de la destrucción aniquilaba pues el bien esencial del ser humano: la confianza en su propio lenguaje.

 

 

Desde el punto de vista de las víctimas, la llegada a los campos de exterminio produjo un choque que parece haber dejado al idioma huérfano de recursos. Muchos testimonios afirman que la llegada al campo fue como entrar en un mundo de locura donde no había  comprensión posible: ”En la memoria de todos los que sobrevivimos y que éramos vagamente políglotas, los primeros días en el Lager  quedaron marcados en forma de película con imágenes borrosas y frenéticas, llenas de ruidos y de furia y exentas de significado: un revoltijo de personajes sin nombres ni cara, hundidos en un ruido de fondo constante y ensordecedor, pero donde la palabra humana no afloraba. Una película gris y negra y muda”(18). Pero justamente, las víctimas no tenían que entender, porque entender abría la posibilidad de una reacción de resistencia o de apropiación de la situación por la misma víctima. Lo que hubiera significado, ser menos víctimas aún sin tener armas. Para entender este choque entre los que llegaron y el campo, la filosofía tiene que admitir que el lenguaje tiene limitaciones. Puede ser manipulado por una realidad que no se deja definir, determinar, y fijar con los elementos de que dispone el idioma. No todo es lenguaje, a pesar de las exigencias de quienes lo quisieran  así. Hay realidades que lo excluyen y destruyen su capacidad de decir la verdad. 

 

 

4)El hablar del campo destruye la posibilidad de la verdad.

 

 

En segundo lugar, la industria de la muerte logró destruir uno de los conceptos más ampliamente aceptados por los seres humanos que es el de la verdad entendida como la  adecuación entre una proposición y la realidad que ella señala. Se podría pensar que el discurso dentro del campo y aquel que lo traduce mediante el testimonio tenían por finalidad decir “lo real”. De hecho, el origen de esta definición de “verdad” es señalada, por ejemplo, en un texto de Espinoza: “La primera significación de verdadero y de falso parece haber tenido su origen de los relatos; y se ha considerado verdadero un relato cuando el hecho relatado había realmente ocurrido; falso cuando el hecho relatado no había ocurrido en ninguna parte.”(19)

 

 

Sin embargo, pensar el tema de la verdad en el Lager implica aceptar una inadecuación de base entre el pensamiento y la cosa, es decir: reflexionar sobre un mundo que siempre escapa al ser humano que lo quiere decir. Este antiguo criterio latino de adaequation rei et intellectus, adecuación entre el espiritu y las cosas, tiene que ser dejado de lado en el caso del campo. En efecto, este suponía que la idea estuviera “de acuerdo consigo misma” (a partir del principio de no contradicción) antes de referir, antes de identificarse con aquello “que quería decir”. Pero la realidad del universo del campo no permitió semejantes ajustes. La contradicción es un elemento constitutivo del medio ambiente del Lager. Por otra parte, si pensamos el  campo como una sociedad o un espacio físico del estado, lo que entendemos por estos términos es exactamente lo contrario de lo que fue el campo. Una sociedad tiene al menos el objetivo de proteger a sus integrantes o de consolidar lazos entre ellos. En el espacio del campo todo está organizado con miras a romper todo tipo de lazo, todo tipo de solidaridad, todo tipo de finalidad de preservación de las personas. En este caso el discurso ni siquiera dispone de signos adecuados. Esto es precisamente lo que dicen muchos testigos cuando afirman que no logran encontrar las palabras exactas o adecuadas para describir la experiencia. Y en relación con  los acontecimientos, estamos frente a un caso extraordinario donde el  pensamiento se ve desbordado  por la realidad.

 

 

Desde otra perspectiva, la voz de los testimonios podría al menos permitir al lector referirse al mundo de las “esencias”. Si la verdad se encarna en la realidad a través de copias inferiores de esquemas ideales, deberíamos poder deducir el sentido de esta experiencia usando aquello que conocemos de estos estereotipos perfectos. Ciertas virtudes, el bien y los contrarios son conceptos que pueden tener una definición esencial abstracta. Pero el acceso a una verdad intelectual en el caso de ideas que son seres perfectos abstractos (en una concepción del platonismo(20), por ejemplo, que supone una necesaria universalidad e inmutabilidad de la verdad) no puede tampoco ayudarnos. Si lo que es verdad es esencia, entonces no se la puede percibir. Solo se la puede pensar gracias a un esfuerzo de la razón que nos arranca de la experiencia vivida. Dado que el deportado no puede extirparse de esta experiencia vivida.

 

 

Platón nos dice también que tenemos que superar las formas que nos acercan los sentidos para buscar las formas perfectas que podamos contemplar. Esta dialéctica ascendente abre después la posibilidad  de volver al mundo sensible con una dialéctica descendente para tomar conciencia de la posible significación imperfecta del mundo empírico, entendido de hecho como conjunto de copias imperfectas. Pero no hay ninguna posibilidad de trascendencia de la figura de la verdad de las esencias para entender el efecto del lenguaje del campo porque no existe una referencia espiritual ya  construida, capaz de ser luego aplicada a las palabras del universo del  campo de concentración. Y los que sufrieron no pueden asumir una búsqueda trascendente de figuras ideales porque dejar el campo implica abandonar el  soporte que ellos precisamente quieren describir, dejar el mundo de su experiencia fundamental. Los deportados no pudieron recurrir a estas categorías, así como tampoco los testigos en sus testimonios, ni tampoco los que quieren entender el fenómeno en su conjunto. Se trató de  un uso inédito del instrumento del idioma que crea su propia y sobre todo nueva verdad.

 

 

¿Esto implica una imposibilidad irremediable de transmisión de lo que ocurrió?

 

 

5) La imposibilidad de  comunicación

 

 

Nos hemos acostumbrado a pensar que la creatividad propia del idioma podía permitirnos referir exitosamente cualquier tipo de experiencias. Sin embargo, ni el recurso a la ficción o a las herramientas de la retórica ( metáforas, alegorías, etc..) sirvieron a la hora de expresar la realidad del campo o las vivencias de los condenados a muerte. En otras palabras, el poder destructor de la industria de la muerte se aplicó también sobre el lenguaje que no logra comunicar esta catástrofe para compartirla con los otros. Impedir que el lenguaje transmita la experiencia fue lo que precisamente trataron de hacer los nazis: “Cualquiera sea el desenlace de esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para dar testimonio de ella, pero incluso si alguno lograra escapar, el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certeza, porque con vosotros serán destruídas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: se dirá que son exageraciones de la propaganda de los aliados, y se nos creerá a nosotros que negaremos todo. La historia del Lager, seremos nosotros quienes hemos de dictarla.”(21) Es la inadecuación entre la cosa y el pensamiento, producto del mismo campo, el que permitió la mentira anunciada por los nazis en esta cita de Primo Levi. Esa inadecuación hubiera podido ser un medio para construir la verdad ideológica oficial de una historia revisitada por los ex verdugos en un mundo en el que los nazis hubieran triunfado. De ella desde luego también nacieron los negacionistas.  

 

 

6) El campo usa el lenguaje como empresa de reducción del hombre al estado de animalidad.

 

 

Por otro lado, la voluntad de reducir el hombre a su dimensión animal está presente en esta maquinaria que hace que la práctica de la comunicación en los campos termine siendo un instrumento de gran empobrecimiento. El lenguaje deja de ser, allí, para el hombre, el material rico en posibilidades expresivas, origen –gracias a las combinaciones múltiples que permite- de la libertad de decirlo “todo”. Esta pérdida constituye sin duda una victoria de los nazis; en efecto, las condiciones dramáticas de la vida en el campo, el hambre, los golpes, la incertidumbre sobre el propio destino, las “selecciones” a las que se era sometido, etc... redujeron  las categorías del idioma a aquellas que eran estrictamente necesarias para la supervivencia. Toda la agudeza de que la conciencia era capaz se orientó a mantenerse apegado, haciendo uso de las palabras más simples, a aquello que podía salvarlos. Estamos ante un projecto que pensó hasta el más mínimo detalle para reducir el hombre a su estado de subhumanidad, un estado preparatorio para  la destrucción.

 

 

 

 

7) El idioma de los campos es propedéutico a la matanza y está condicionado por la ideología de los “amos nazis”.

 

 

Pero matar, destruir, hacer sufrir al ser humano y reducirlo a una mera pieza del dispositivo de exterminio supone también una relación directa por parte de los nazis con la lengua del orden y de la desvalorización. El predominio del material léxico del insulto, de los excrementos, de la bestialidad, impidió a los deportados resguardar su  identidad en la lengua propia, la de antes, la de la vida normal, la de los hombres  comunes. Esas circunstancias bestiales modificaron pues radicalmente la relación del sujeto con el uso de la lengua. Levi, por ejemplo, hace hincapié en el uso de fressen, verbo alemán que significa comer en caso de los animales(22). La omnipresencia del vocabulario ligado a los excrementos ( scheiss, dreck jude, etc...) para calificar a los esclavos de los campos, y a los que iban a matar, demuestra la voluntad de privar al ser humano de su identidad de ser humano, de reducirlo a materia fecal, de cortar definitivamente su lazo con un lenguaje que guarda su pasado y las certezas que supo elaborar su pensamiento, la herencia cultural.

 

 

Lo reiteramos, hay que tener mucho cuidado con la cuestión del sentido en lo referente a  este campo semántico de la humilliación. La filosofía tiene que entender que no se trata de fórmulas metafóricas, o de otros mecanismos lingüísticos de sustitución analógica. Se atribuye a un hombre un rasgo tomado de otra palabra por desplazamiento. Pero en la realidad del sufrimiento del campo, scheiss no es ninguna metáfora. Se trata, por el contrario, en la mente de los verdugos de un término acuñado mediante el procedimiento de denominación objetiva. El léxico de los insultos aparece como la matriz creadora de un orden propedéutico a la eliminación. Pone en evidencia la representación según la cual los únicos seres humanos del campo son los nazis mientras que los demás son objetos a su disposición para la evaluación y, desgraciadamente, para la acción.

 

 

¿Cómo pensar esta triple tendencia que, en un primer momento, paraliza el lenguaje para después empobrecerlo reduciendo las palabras a unas pocas expresiones indispensables para  la supervivencia y, por parte de los nazis, esa voluntad de usar la lengua para decir con mucha precisión el infinito desprecio que sienten y que es el corazón mismo de su ideología? ¿Cómo la precisión venida de la más despojada simplicidad, de la semántica al servicio de la ideología pueden llegar a desconcertarnos a este punto? La experiencia de la vida en un campo de concentración obliga a la filosofía a regresar a la vieja tesis según la cual entender es buscar, a partir del lenguaje, el objeto significado, sin técnicas de interpretación, sin teorías semiológicas, sin una voluntad de considerar el idioma como un universo cerrado sobre sí mismo. El lenguaje  del universo del campo está amarrado a su situación de enunciación. Es el idioma contextual por excelencia. En el centro del dispositivo de la matanza, del aniquilamiento  del ser humano, aparece como una herramienta que reacciona a su entorno. Indica en forma transparente aquello que lo destruye, que lo condiciona, lo maneja, lo transforma. A través de los mecanismos que permiten su uso, se puede notar que cumple la función  de despojar al sujeto de sus categorías de análisis. Lo que dice no surge de una voluntad subjetiva absolutamente libre, más bien todo lo contrario. La situación en la que es empleado le impide cumplir una función simbólica, ser el producto de un creador que lo asume. El idioma del universo del campo de concentración es como es porque precisamente es el idioma de ese universo, una lengua abierta sobre la zona delimitada por los alambres de púa y las torres de guardia.

 

 

Al reflexionar sobre estas condiciones, la filosofía podría entender mejor qué fue lo que ocurrió así como reflexionar sobre un lenguaje humano donde quien habla no es sino el conjunto de condiciones producidas por la organización de esta industria de la muerte. Este enfoque podría constituir un proyecto futuro sobre las relaciones de comunicación entre los interlocutores dentro del infierno nazi.

 

 

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